UN DESTACADO COMANDANTE NAVAL Y BRILLANTE MARINERO, VALIENTE, ARROJADO, INTRÉPIDO Y DE GRAN AMOR
POR SU BANDERA: CORONEL DE MARINA LEONARDO ROSALES.
Por el contraalmirante Horacio Rodríguez

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Parte II de III
 
 
 

Recibida la nota por el Gobernador éste se dirigió al Obispo, doctor Mariano Medrano, diciéndole:

“El gobierno ha recibido del Subdelegado de Marina de la Ensenada la comunicación que en copia le acompaño, y para el remedio de los males que en ella se indican la pasa al obispado para que haciendo comparecer a la esposa del que suscribe, ponga en ejercicio todos los medios de dulzura y suavidad inseparables de su ministerio, para reducir a dicha señora a su deber, y volver al expresado comandante la paz y quietud doméstica que expresa con sentimiento haber perdido...” .

Tras esto Dolores Arrascaeta volvió a cohabitar con su esposo en la Ensenada , mientras éste seguía la tranquila rutina de la que sería sin duda la última etapa de paz de su vida ...

La entonces llamada “cuestión de la Banda Oriental ” alcanzaría en el año 1825 su mayor pico conflictivo, cuando fuertes divisiones navales brasileñas con base en Montevideo, La Colonia y Maldonado, comenzaron a hacer actos de presencia y hostilidad en el Río de la Plata , argummentando a que en el mes de abril habían salido de San Isidro hacia la playa de la Agraciada en la otra Banda, con armas y medios financieros de procedencia porteña, los llamados Treinta y Tres Orientales (en rigor fueron sólo 17 uruguayos, el resto eran 11 argentinos, 2 negros africanos, 1 paraguayo, 1 francés y 1 brasileño). El 5 de julio el almirante brasileño Ferreira Lobo con insignia en la fragata Nitcheroy, apoyada por una fuerza integrada por dos corbetas, tres bergantines, una goleta y tres cañoneras, se presentó en Balizas interiores del puerto de Buenos Aires y comenzó a detener y revisar buques mercantes neutrales, en búsqueda de lo que denominó “contrabando de guerra”, refiriéndose con ello a armas con destino a los patriotas uruguayos. A esa acción Ferreira Lobo sumó una insultante carta a nuestro Ministro de Relaciones Exteriores, la que fue contestada diciendo que ninguna correspondencia diplomática podía serle cursada, por no estar el marino acreditado para ello y menos por hacerlo al frente de una fuerza armada y hostil. Los vientos de guerra comenzaban a soplar con fuerza en el Plata...

Por todo ello la rutina de la Subdelegación de Marina de la Ensenada de Barragán se quebró, si bien no impidió que al llegar en febrero la noticia de la definitiva victoria patriota en Ayacucho, Rosales ordenara se efectuaran las salvas correspondientes y se engalanara la falúa.. A la vez con sus precarios medios hizo algo muy importante: en forma coordinada la falúa y partidas montadas del Ejército comenzaron a recorrer la costa entre Punta Indio y Quilmes, proveyendo información a Buenos Aires en tiempo y calidad de la posición y movimientos de la División Naval brasileña, a lo que sumaba la información que proporcionaban los capitanes de los buques extranjeros de arribada a la Ensenada.

En el mes de agosto la goleta mercante nacional Florentina fue perseguida por dos cañoneras brasileñas cuando intentaba entrar a la Ensenada , por lo que al ser advertido Rosales de ello, salió con su falúa que había artillado con un cañón de a 4, y repelió el ataque librando al mercante de su persecución. Además el previsor marino había comenzado a actualizar la matrícula del personal de marinería, patrones y baqueanos de su zona de influencia, e incluso comenzó a movilizarla embarcándola en un pontón que había sumado a su material a flote.

Ya la guerra era un hecho y por ello pasó a ser prioritaria la creación de una Escuadra Republicana; en consecuencia cuando estaba a punto de finalizar la construcción de la primera serie de cañoneras que integrarían aquella, en octubre de 1825 se dispuso que el capitán de Marina Leonardo Rosales entregara su cargo y pasara a comandar la novísima Cañonera Nº 6. Desde entonces y durante el resto del año este comandante de 33 años, de los que 13 había dedicado a la Nación en las luchas sobre las aguas, tanto para obtener la Independencia como para afirmar su paz interior, se dedicó a seleccionar su personal, a hacerles sentir lo que esperaba de ellos y a adiestrarlos, poniendo a punto su embarcación en un posesivo triángulo: comando, tripulación, buque.

Mientras eso hacía intimaría con sus pares de las unidades gemelas, los Antonio Richitelli, Francisco José Seguy y Carlos Robinson, con quienes tenía antiguos lazos de camaradería provenientes de hechos de armas realizados en conjunto, y con Tomás Espora recién llegado de la Escuadra Libertadora al Perú, sobre el que llevaba la aparente ventaja del conocimiento del río y del manejo de embarcaciones de ese tipo en el azaroso lapso de 1812 a 1821.

El 26 de diciembre de 1825 el almirante Ferreira Lobo decretaba el bloqueo a los puertos argentinos, asegurando “que ni un pájaro entraría en el puerto de Buenos Aires”; si bien recién el 1º de enero de 1826 el gobernador Gregorio de Las Heras, recibiría la declaración oficial de guerra con la firma del Emperador del Brasil, la que estaba fechada el 10 de diciembre de 1825. Tras ello el Gobernador de Buenos Aires a cargo de las Relacionas Exteriores de las Provincias Unidas, hacía lo mismo y llamaba a éstas a las armas.

Designado el coronel al servicio de la Marina Guillermo Brown comandante de la nueva Escuadra, el 13 de enero de 1826 izó su insignia en el bergantín General Balcarce y zarpó de Balizas acompañado por el bergantín General Belgrano y las doce cañoneras para fondear en Los Pozos. Tras algunas persecuciones a unidades enemigas sin entrar en combate, Guillermo Brown decidió finalmente salir en busca del enemigo con su fuerza integrada por la fragata 25 de Mayo (insignia) y los bergantines General Belgrano, General Balcarce, Congreso Nacional y República Argentina, la goleta Sarandi y las doce cañoneras agrupadas en tres Divisiones.

El primer encuentro naval de ese conflicto se produciría frente a Punta Collares, accidente geográfico bonaerense, durante el que la 25 de Mayo debió resistir sola la mayor parte del fuego enemigo, por lo que el indomable Brown quizá con un exceso de celo, acusó a los comandantes de los otros buques mayores de eludir el combate, excluyendo de esa acusación a las cañoneras. Cabe sin embargo aclarar que el enemigo en esa acción sufrió daños en cinco buques y tuvo 45 muertos y 75 heridos. Las acusaciones de Brown a los comandantes derivaron en un sumario y tras él en el relevo de los mismos, por lo que Leonardo Rosales pasó a comandar el bergantín General Belgrano, asumiendo nuevamente un comando independiente que le permitiría demostrar su iniciativa y responsabilidad.

La pasividad de la escuadra bloqueadora, llevó a Brown a la decisión de atacarlo en su base de operaciones más próxima a Buenos Aires: la Colonia del Sacramento. El 25 de febrero de 1826 nuestra escuadrilla llegó frente a la Colonia , y el Almirante intimó a su gobernador la rendición de la plaza en 24 horas para evitar efusión de sangre, pero el valiente jefe brasileño fue terminante, se negó a rendirse diciendo: “es la suerte de las armas la que decide la suerte de las plazas”, por lo que se inició un ataque a los buques y la fortaleza local. El bergantín Belgrano bajo el mando de Rosales, nave lenta y de pesada maniobra, se fue sobre la restinga y varó dentro del alcance de la artillería brasileña terrestre y naval, la que centró todo su fuego sobre él, trató entonces Rosales de contestar el fuego mientras buscaba aligerar el buque trasladando a una cañonera la artillería de la banda opuesta al enemigo, pero no logró sacarlo de la varadura. Desde esa noche y durante dos días un fuerte temporal azotó a la zona y golpeó al Belgrano sobre el fondo, al tiempo que era atacado por una goleta enemiga que no pudo abordarlo por la resistencia de la fusilería de nuestro buque, en cuya cubierta se mantuvo Rosales durante tres días luchando como un tigre enfurecido contra el enemigo y la meteorología. Pero en la noche del 28 de febrero el bergantín se partió en dos, cuando ya la totalidad de su artillería y la tripulación había sido transbordada, siendo el último en abandonar el buque el capitán Rosales que de inmediato se presentó al almirante Brown para dar parte de lo ocurrido.

Cuando la situación táctica se estaba volcando a favor de los sitiados, nuestra Escuadra recibió desde Buenos Aires el refuerzo de seis cañoneras, por lo que Brown replanteó su plan de ataque, formando con las mismas dos divisiones que puso bajo el mando de sus más atrevidos capitanes: Leonardo Rosales y Tomás Espora. Aquí asentaré un hecho que desde entonces fue trasmitido oralmente: disidencias entre los dos comandantes de las Divisiones de Cañoneras, los llevó a retarse a duelo; enterado de ello el Almirante los llamó a su presencia y les ordenó que en lugar del mismo se encargaran de realizar un ataque al bergantín Real Pedro, insignia de la fuerza brasileña en la Colonia. Aceptaron ambos capitanes el desafío y en al anochecer del 1º de marzo de lanzaron al ataque, Rosales al comando de su División y de la Cañonera N º 1, acompañado por las Cañoneras Nº 4 y 6 bajo los comandos de Carlos Robinson y Jaime Kearnie; Espora por su lado comandando la segunda División y la Cañonera N º 12, era acompañado por las Cañoneras Nº 7 y 8 bajo los comandos de Juan Francisco Seguy y Leonardo Donati respectivamente.

A remo y sin hacer ruido llegaron todos hasta el mismo muelle de la Colonia , de donde fueron desalojados tras un sangriento combate (quizá el más sangriento de toda la guerra), durante el que el enemigo apoyado con un intenso fuego desde el Fuerte, consiguió prácticamente destrozar a la Cañonera N º 4 produciendo una gran mortandad a bordo, entre ellos su comandante Carlos Robinson (en ella sólo quedaron cuatro sobrevivientes); también fueron muchos los heridos de gravedad en la Cañonera N º 6 , entre los que se contaron su comandante y 2º comandante. En total las bajas entre nuestras tripulaciones serían 52 muertos y 80 prisioneros (la mayoría heridos), perdiéndose las Cañoneras Nº 4, 6 y 7 ; pero las Cañoneras Nº 12 de Espora y Nº 1 de Rosales consiguieron llegar en ese orden hasta el Real Pedro que había varado, por lo que ante la imposibilidad de sacarlo y llevarlo afuera como presa, consiguieron incendiarlo y así restarlo al poder naval brasileño. De esa manera Espora había ganado ese singular duelo y Rosales el honor de la herida de guerra recibida durante el combate, a bordo del bergantín brasileño.

Desconocemos si luego de haber superado el diferendo que los llevara al borde del duelo se mantuvo entre esos dos valientes una estrecha amistad, sí podemos afirmar que a partir de entonces ambos manifestaron permanentemente en su relación un mutuo respeto.

Aun convaleciente de su herida, Rosales fue propuesto por su Almirante como comandante de la recién adquirida goleta Río de la Plata , pequeña embarcación de 70 toneladas de porte que fue tripulada con una treintena de marineros y diez soldados, todos nativos, entre los que se contaban 16 hombres de color, los que sumados a los cuatro oficiales de mar hacían una dotación de 45 hombres nacidos en el país, cosa muy poco común en la época. Con esa goletita conocida simplemente como la Río y alguna de las cañoneras conformó una Escuadrilla Sutil, con la que realizó algunos bombardeos nocturnos sobre La Colonia, hasta que a mediados del mes de marzo se le ordenó regresar a Buenos Aires.

Durante el mes de abril la Río con Rosales e integrando la Escuadra Republicana participó de las operaciones de la misma, como un ataque en la bahía de Montevideo a la fragata brasileña Emperatriz , en el que resultaría un fallido intento de captura de esa nave, pero la misma resultó seriamente dañada y su comandante muerto. En la retirada nuestros siete buques fueron perseguidos por una División brasileña de 16 naves, con las que tuvieron un encuentro sobre el Banco Chico sin otro resultado que daños menores en ambas partes.

De regreso en el apostadero, el Almirante dispuso dar a la Río una misión muy especial de alto riesgo y peligrosidad, responsabilidad acorde con las características y personalidad de su comandante: encabezar una Escuadrilla Sutil que bajo el comando de Rosales e integrada por la goleta Pepa y dos cañoneras, se dedicara a convoyar a las unidades mercantes especialmente fletadas para el transporte de tropas, pertrechos y efectos militares a la Banda Oriental, en apoyo al Ejército Expedicionario Argentino destacado en la misma; tarea a la que se sumaba el reconocimiento del movimiento de las Divisiones Navales enemigas. A partir de principios de mayo de 1826 Rosales comenzó a actuar como comodoro de convoyes, a los que condujo en seguridad a través de bajo fondos, eludiendo así al ataque de las poderosas unidades bloqueadores brasileñas.

El 6 de mayo de 1826 la Escuadrilla Sutil bajo el mando de Leonardo Rosales reforzada por el Balcarce, zarpó convoyando un convoy que trasladaba a la Banda Oriental a los 400 hombres del Regimiento 3 de Caballería, con sus armas y pertrechos. Debemos destacar que al dar el Ministro de Guerra y Marina, general Carlos de Alvear, la directivas para ese transporte al Almirante Brown, le recalcó que “iba al mando todo del comandante Rosales”, agregando al conocer la belicosidad de ese comandante que “Se ha prevenido rigurosamente al comandante Rosales que en ningún caso se comprometa en acción contra buques enemigos y que su objeto único sea arribar a la costa oriental y desembarcar en ella la tropa y demás que conduzca a la mayor brevedad, regresando después a esta rada...”. Pero Rosales no pudo con su genio, ya que enterado al desembarcar al Regimiento que los brasileños habían abandonado Martín García, a su regreso hizo un desembarco en la misma, de la que retiró y trajo a Buenos Aires dos cañones de a 24 e inutilizó otros dos a de 36 por no poder transportarlos, retornando recién entonces a Balizas.

Durante el resto de ese mes Rosales y su goleta realizaron salidas para patrullar zonas que se le asignaron, en procura de cañoneras o goletas del enemigo destacadas como avanzada, al tiempo que recogía información para nuestra Escuadra, durante dos de las cuales tuvo encuentros con embarcaciones brasileñas que no pasaron de ser simples cañoneos.

A principios de junio a través de informes de un capitán mercante y de Rosales luego de una de sus navegaciones de patrulla, se apreció que el grueso de la Escuadra Imperial se estaba agrupando para iniciar un fuerte ataque. Sincrónicamente se disponía el envío de un importante convoy a la Banda Oriental , para trasladar al Regimiento Nº 4 de Caballería al mando del coronel Lavalle y un Batallón de Cazadores, los que sumaban 700 hombres, además de sus pertrechos de guerra, víveres, vestuario y municiones. Embarcados los mismos en seis buques mercantes y luego que la Escuadrilla de Rosales fue reforzada con las goletas Sarandi y Pepa, el 6 de junio zarparon hacia Las Conchillas. La navegación resultó azarosa por las malas condiciones meteorológicas, pero arribó a su destino el 9 de junio y comenzó de inmediato el desembarco de tropas y efectos. Molesto por el atraso del convoy, Rosales apuró al máximo ese desembarco para tratar de sumar cuanto antes los 27 cañones y 250 hombres de su Escuadrilla a la Escuadra Republicana , en previsión del ataque imperial.

Mientras, el 10 de junio de 1826 se indicaba a Brown que por hallarse el enemigo a la vista, debía hacer llegar a Rosales instrucciones para que si había desembarcado las tropas que conducía, “tomara las medidas que con sus conocimientos crea oportunas y necesarias observar en su regreso...” . Según leemos en la Historia Naval Brasileña, el capitán James Norton, jefe de la Escuadra enemiga, mandaba “a las embarcaciones de poco calado dar caza a barlovento al resto de la Escuadra de Buenos Aires, que aparecía viniendo de la Isla de Hornos atravesando el Banco de Las Palmas; el poco andar de los barcos hizo todavía infructuoso ese ataque y a pesar de bastante fuego de una y otra parte, las embarcaciones se unieron al resto...” . Es decir que Rosales pudo arribar finalmente a Los Pozos a las 15,00 horas del 11 de junio, cuando la situación del combate se encontraba definida, ya que dado lo irregular de las profundidades del fondeadero en el que nuestra Escuadra esperaba el ataque al ancla, el capitán de navío Norton no se había atrevido a hacer ingresar al mismo a sus buques mayores, ni tampoco a adelantar demasiado sus goletas y cañoneras, permitiendo con ello que Brown los enfrentara en una desproporción menor, haciendo valer el arrojo y decisión de su gente. Así la Río sólo pudo participar durante una hora larga, en el mencionado combate con las embarcaciones que se habían destacado para batirlo, durante el que con su único cañón de a 8 disparó 15 cartuchos. Al comenzar la temprana oscuridad (recordemos era uno de los días más cortos del año en el Río de la Plata ), la Escuadra de Norton emprendió la retirada para ir a fondear a unas tres millas de la nuestra, hasta que en la mañana siguiente y tras reunir un Consejo de oficiales comandantes “fuimos de opinión unánime de que no podía atacarse al enemigo en la posición que había tomado...” por lo que se alejaron río afuera. De esa acción Brown elevó su informe en estos espartanos términos:

“Tengo el honor de anunciar a V.S. que a pesar de haber sido hoy atacado por treinta y un buques enemigos, han sido rechazados sin haber tenido la menor baja en nuestra Escuadra. Se han reunido los buques de guerra que fueron con el convoy.

“No puedo ponderar a V.S. el valor y entusiasmo de la oficialidad y tripulaciones de los buques que tengo el honor de mandar”.

Regresado de su comisión y apagados los ecos del cañón en Los Pozos, tras lo que había sido ascendido a Capitán de Marina efectivo, Rosales se dirigió al coronel mayor Zapiola, Comandante General de Marina, diciéndole “remito a usted el adjunto diario que manifiesta mis operaciones con el convoy de que fui encargado. Yo creo haber cumplido del modo en que se me encargó en las instrucciones y espero que V.E. y V.S. en lo sucesivo, se dignasen no encargarme de comisiones de igual naturaleza. Es verdad que se me hace honor, pero hay en la Escuadra oficiales de conocimientos y que se respeten más que a mí. V.S. se informará del adjunto diario y se examinará la causa que me exime de expresarme de ese modo. Tenga V.S. la bondad de elevarlo al conocimiento de V.E.”. En el mencionado Diario narra sucintamente la navegación del convoy y un incidente menor entre él y los jefes de tropa embarcada.

Poco después el Comandante de la Escuadrilla Sutil se dirigía nuevamente a Zapiola diciendo: “Mi General: Hágase V.S. cargo que para un hombre solo desempeñar es demasiado el trabajo que se ofrece, pues absolutamente no hay un oficial de quién valerse para el desempeño y en todo el día no he tenido media hora de descanso. Yo conozco que se debe hacer el servicio pero me es muy recargado con tantas atenciones y es de necesidad que si alguna falta halla en él, se me disculpe (digo no siendo un perjuicio grave), porque mi maldito genio no me permite hacer dormir órdenes. Disculpe la confianza que se toma su más afecto. Leonardo Rosales”.

Estos documentos nos muestran al mismo tiempo su relación con Zapiola, su antiguo Comandante de las guerras fluviales, y su genio vivaz (que él califica como “maldito genio” ). Pero de nada sirvirían sus pedidos, ya que el 20 de junio de 1826 se le ordenaba: “Se previene al comandante de la goleta Río , Leonardo Rosales, que embarcada la Compañía de Cazadores que regresa, los reclutas y efectos importantes en el convoy a su cargo, dará a la vela con arreglo a las órdenes...”. Tras cumplir la tarea el Ministro de Guerra y Marina le diría: El Ministro de Guerra y Marina ha recibido la nota del comandante de la goleta Río , don Leonardo Rosales, en la que participa haber regresado el convoy a su cargo sin la menor novedad, habiendo verificado el desembarco de todo lo que en él conducía, y tiene la orden del gobierno de manifestar al capitán Rosales lo satisfecho que está con su conducta, celo y actividad, con que se ha desempeñado en la última comisión, como en las que anteriormente le fueron encargadas, lo que el infrascrito comunica para su satisfacción...”.

El 3 de julio Rosales se dio nuevamente a la vela con la Río, llevando “embarcada la tropa y trescientas lanzas en el convoy a su cargo” hasta Las Conchillas, consiguiendo eludir a su regreso a ocho buques enemigos que lo aguardaban en Balizas Exteriores para darle caza.

El 21 de julio nuevamente se ordenó a Rosales que con la Río saliera convoyando al queche Bolívar que conducía artillería, pólvora y munición, además de una veintena de artilleros hasta Las Vacas. Y así seguiría sin solución de continuidad en esa tarea: luego se le darían instrucciones para que escolte al queche de Galeano hasta la Banda Oriental , conduciendo un Regimiento de Artillería Ligera. Recibido el parte de Rosales de esa comisión, el Ministro de Guerra y Marina envió una nota diciendo: Se previene al Comandante General de Marina, haga entender al comandante Rosales, que el Gobierno tendrá en consideración las oportunas observaciones que hace en dicho parte...” , por lo que parecería hizo apreciaciones de elevado tono.

Indudablemente a partir de entonces no siguió comandando convoyes a la Banda Oriental , ya que el 30 de julio de 1826 participaba del glorioso combate de Quilmes. Pero antes de seguir esa línea de narración, nos permitimos asentar como digresión que el general Tomás de Iriarte, uno de los embarcados en los transportes convoyados por Rosales, se quejó en sus Memorias del riesgo sufrido, tanto de vida como de caer prisioneros con su Regimiento de Artillería, con todo su armamento y munición, agregando: “Yo no se que es más de notar, si la imbecilidad y cobardía de los jefes brasileños, o la fortuna del general Alvear que, sin contratiempo y siendo la travesía tan peligrosa, consiguió trasladar todos los cuerpos de nueva creación, sin que hubieran sufrido el menor accidente...” . Sin duda causan un fuerte escozor estas ácidas apreciaciones de Iriarte, ya que no fue la buena fortuna de Alvear la que lo llevó a conseguir la victoria de Ituzaingó, ni los jefes brasileños fueron imbéciles y cobardes, sino como lo demostraron en combate fueron distinguidos y valientes marinos; y por último que los convoyes de tropas y efectos organizados por Zapiola y conducidos por el capitán Rosales fueron muchos y llegaron todos a feliz término sin ninguna pérdida, no porque no hubiera riesgo en esas misiones, que sin duda fueron acciones de guerra y no paseos fluviales, sino porque los mismos fueron sabiamente medidos y profesionalmente resueltos.

Ya al regreso del último convoy, Rosales había observado la presencia en el Canal Exterior de una División Imperial de quince velas, lo que fue confirmado en días posteriores y aumentado el número de buques que integraban la División , la que comenzó a hacer presas a algunas embarcaciones mercantes del cabotaje menor. En esas circunstancias decidió Brown celebrar una Junta de Guerra con sus comandantes subordinados, resultando de ella la decisión de sorprender al enemigo en una acción nocturna, para lo que al anochecer del 29 de julio zarparon de Los Pozos ocho buques y ocho cañoneras, para enfrentar con sus 109 cañones y 800 tripulantes, una poderosa división brasileña fuerte en 300 cañones y 2.000 tripulantes.

A las 21,30 horas de ese día con viento favorable y sin mostrar luces, Brown con su nave capitana, la 25 de Mayo , se metió en el medio de la línea enemiga a la que sobrepasó, disparándole dos andanadas completas y desmantelando una corbeta. Las unidades enemigas reaccionaron rápidamente abriendo fuego sobre nuestra nave capitana, pero desafortunadamente el resto de los buques de nuestra Escuadra no se habían unido al ataque, salvo la goleta Río que siguió las aguas de su capitana haciendo fuego con su único cañón, perdiéndose de esa manera el factor sorpresa y la posibilidad de causar un serio daño al enemigo, hasta que cerca de la medianoche ambas se replegaron. La 25 de Mayo y la Río pasaron entonces toda la noche dando bordadas y sin fondear, hasta que en la mañana siguiente y cuando los brasileños habían formado una excelente línea de combate, Brown volvió a atacarla pero ahora con todos sus medios, descomponiendo y confundiendo a la líneas enemigas, pero para entonces también habría confusión en las líneas patriotas, ya que el bergantín República hizo fuego sobre la 25 de Mayo, el que sólo se detuvo cuando Brown a la voz reconvino duramente al comandante el error; la barca Congreso abandonó la acción y se refugió en Punta Lara; mientras que el bergantín República y la goleta Sarandi rehuyeron el combate y volvieron a Los Pozos.

Es increíble pero durante tres horas sólo la 25 de Mayo con Espora como comandante y la Río con Rosales, afrontaron el fuego de 22 naves enemigas que no pudieron vencerlas, por el contrario esas dos unidades soportaron el ataque final llevado a cabo por el bergantín Caboclo, a cuyo comandante Pascual Grenfell, le volaron el brazo derecho obligándolo a abandonar la acción.

Vale destacar lo que un Comandante tan exigente como Guillermo Brown dijo en esas circunstancias de la Río y de su comandante, Leonardo Rosales. En medio del combate y mientras la pequeña goleta no cesaba de disparar su cañón, en su puente de mando exclamó “¡Aquel muchacho sabe pelear bien con su gaviota!...”. Cuando posteriormente ante la situación en que se encontraba la 25 de Mayo decidió trasladar su insignia a la República, para desde la misma continuar la dirección de la desigual lucha, al subir a su cubierta y se presentársele su comandante, le expresó con ira: “Míster Clark, siento tanto verlo con nuestro uniforme como al frente de este buque. ¿Salga usted de mi presencia, porque no reconozco más valientes que Brown, Espora y Rosales...!”. Frase que inmortalizaría nuestra Historia Naval.

Regresaron al combate los Congreso, Independencia y Sarandí, que con sus fuegos pudieron cubrir la retirada de la maltrecha 25 de Mayo al remolque de las cañoneras, mientras cesaba el fuego brasileño y sus naves se retiraban de la lucha. De esta segunda fase del combate hay un emocionante hecho ocurrido en la Río, el que queda muy bien expuesto en la siguiente nota elevada por Rosales:

“Señor Comandante General de Marina:

“El Comandante de la goleta Río tiene el honor de avisar a V.S. como en el ataque del treinta del próximo pasado, habiéndose concluido los cien tiros de pólvora calibre de a ocho, y estando en lo más vivo del fuego al costado de la fragata 25 de Mayo, mandé que de la pólvora suelta se hicieran cartuchos, y no teniendo telas para verificarlo, con la brevedad que las circunstancias lo exigían, los marineros que se expresan cortaron mangas de camisas y pantalones de brin, con tanta brevedad que no se notó la falta de cartuchos, habiendo sobrado catorce al concluirse el fuego."

“He tenido a bien manifestarlo a V.S. para que se digne ponerlo en conocimiento de V.E. y se les repongan las prendas que sirvieron al efecto indicado."

“Francisco Caparrós, dos camisas y un pantalón - Reyes Cozio, una camisa – Luis Baley, una camisa y un par de calzones – Santos Gauna, dos camisas – Juan Arrascaeta, una camisa – Félix Acosta, una camisa."

“El que suscribe cree justa la recompensa a tan buen servicio."

“Goleta Río a 25 de agosto de 1826. Leonardo Rosales”.

Con los cortos tiempos burocráticos de entonces, ya el día siguiente el Ministro de Guerra y Marina, general Francisco de la Cruz, ordenaba “al Comisario de Marina entregara de los Almacenes del ramo al comandante de la goleta Río, las prendas de vestuario para que sin cargo alguno, sean distribuidas a los individuos de la tripulación de dicho buque, en reemplazo de las que inutilizaron en cartuchos para la operación del 30 del ppdo. Julio, según lo solicita el expresado en su nota...”.

Inexplicablemente no se han encontrado los nombres de los muertos y heridos de la Río en ese combate, pero comparando las listas de revista del buque entre ese mes y el siguiente, de los 46 hombres iniciales en la segunda sólo restan 20, es decir que esa diferencia de 26 hombres indicaría, a falta del parte del combate del comandante, el número de muertos y heridos en la acción. Finalizada la lucha y reunida la Escuadra Republicana en Los Pozos, la Río pasó a remolque al Riachuelo para la reparación de su casco y arboladura.

En agosto de 1826 Rosales era designado Comandante de la Bahía , con asiento a bordo del bergantín Independencia fondeado en balizas. Allí en una oportunidad recibió la orden de Zapiola de averigüar dónde se hallaba el equipaje de una señora de apellido Sadora, pues “le ha faltado lo más de él, hasta las ollas y bacinillas...”, inmediatamente Rosales se dirigía por nota al teniente Dunlop diciéndole no siendo decente a la clase de un oficial de honor y que hace poco favor a los demás que con el mayor desinterés sirven al Ramo de Marina, es de necesidad que en el momento comparezcan las prendas robadas a la señora que fue represada en la balandra y yendo usted a cargo de la canoa, pues en caso de no aparecer se le descontará de la parte de presa que tenga que percibir. Es extraño que siendo la señora la mujer de un jefe que está derramando su sangre por la Libertad, sea robada por los patriotas y no lo fue por los portugueses...”. Demás está decir que lo hurtado apareció de inmediato y fue restituido a su dueña.

Desde su puesto de Comandante de la Bahía , Rosales pasó a organizar los convoyes de tropas a la Banda Oriental para el Ejército Argentino en Operaciones en ese lugar, éstas ahora bajo el mando de Carlos de Alvear, para lo que reemplazó a la maltrecha Río por la goleta Pepa, a la que reforzó con el mercante Dulcinea convenientemente artillado. Bajo su organización en nueve convoyes se trasladaron los Regimientos Nº 11, 13 y 16 de Caballería, los Escuadrones de Colorados, así como las municiones víveres y pertrechos que serían utilizados en la ofensiva previa a Ituzaingó.

A mediados de octubre de 1826 al recuperarse de sus heridas del Combate de Quilmes, el sargento mayor Espora fue designado Comandante de la Bahía , quedando Rosales como su segundo, hasta que en las Navidades de ese año al regreso de Brown de su campaña de corso sobre las costas del Brasil, y en vísperas de la que sería la Campaña Naval del Juncal, el Almirante recibió la orden de terminar con la Tercera División Naval Imperial, la que al mando del capitán Jacinto Senna Pereira se había internado en el río Uruguay, para explotar las antiguas diferencias políticas de Entre Ríos con Buenos Aires. Como además de esta División Naval Imperial en el Río de la Plata operaban otras dos: una División Bloqueo que intentaba cerrar al tráfico marítimo y fluvial a los puertos de Buenos Aires; y otra División Oriental que daba seguridad a la costa oriental desde la desembocadura del río Uruguay hasta el Atlántico, Brown dispuso se fortificara Martín García para asegurar sus espaldas cuando entrara en el río Uruguay en busca de Senna Pereira. Y para la defensa de la costa bonaerense (puertos de Las Conchas, Buenos Aires, Ensenada de Barragán y El Salado), dispuso fuese Rosales el Comandante de la Bahía de Buenos Aires, dejando a su cargo las naves de la Escuadra que no habían penetrado al río Uruguay (los bergantines Independencia, insignia, y República, la barca Congreso y cuatro cañoneras), en previsión de algún ataque sorpresivo que realizara sobre ellos el almirante brasileño Pinto Guedes.

Tras un primer encuentro con los enemigos, Brown regresó a Buenos Aires en búsqueda de refuerzos para artillar Martín García, y una vez allí comisionó a Rosales para que conduzca a la Sarandi al río Uruguay por el Paraná de las Palmas, ya que estaba bloqueado el canal Martín García, lo que hizo con éxito. Al finalizar su tarea de preparación logística en Buenos Aires, Brown se le unió embarcado en una pequeña ballenera; pidiéndole entonces Rosales quedar embarcado en la Sarandi para hallarse presente en el previsible combate, lo que se le negó, ordenándole regresar a su puesto de Comandante de Bahía. Desde entonces pasó a ser una de sus tareas, el mantener aprovisionada tanto de munición como de víveres a la División destacada en el río Uruguay, las que cumplió con eficiencia, al punto que luego del Combate del Juncal el Almirante Brown recomendó y obtuvo para él, el Escudo a los Vencedores del Juncal, reuniendo así Rosales al igual que su Almirante, las dos únicas condecoraciones navales argentinas de los tiempos heroicos: Montevideo y el Juncal.

Continuó Rosales en ese cargo hasta abril, cuando lo entregó nuevamente al sargento mayor Espora, mientras él pasaba a comandar a la goleta 9 de Febrero, una de las presas brasileñas tomadas en el Combate Naval del Juncal. Con retención de ese comando fue nombrado Jefe de la División Goletas, la que estaba constituida por cuatro goletas y cuatro cañoneras, y tenía como misión explorar hasta la Punta de Quilmes, convoyar los reaprovisionamientos a Martín García y proteger la salida de las naves mercantes de ultramar del acecho brasileño; División con la que participó el 5 de junio integrando la Escuadra Republicana, en un ataque a la División Bloqueo, combate que narraremos siguiendo lo asentado por el Almirante Brown en su “Memorandum”:

“En ese combate, la goleta 9 de Febrero , capitán Rosales, se distinguió grandemente y por algún tiempo prevaleció considerable inquietud respecto de su suerte . Cuando el Almirante la observó estrechada entre las dos corbetas por no haber podido virar, corrió en su auxilio lo mismo que el Balcarce, haciendo al mismo tiempo la señal a Rosales de moverse y cañonear al enemigo; así que éste pasó a popa de la Carioca y le envió sus disparos causando considerable estrago. Brown para mostrar su aprobación a la conducta de este valiente oficial, ordenó que la Escuadra lo saludase a su vuelta....

Es decir que encerrado entre dos buques de 50 cañones, su pequeña goleta con ocho de ellos se mantuvo en la lucha, les causó daño y con la ayuda de su superior salió indemne. Debe haber sido no sólo un hecho heroico, sin también una exhibición de gran capacidad profesional, para que Brown en un acto único en toda su larga carrera, hiciera que toda la Escuadra le rindiera honores a su persona, buque y tripulación.

Desde entonces Brown y sus capitanes subordinados sólo se dedicaron a hostigar al enemigo en encuentros menores, manteniendo expeditas las rutas de acceso dentro de una razonable aceptabilidad, quedando el hostigamiento al comercio enemigo en manos de los corsarios de Buenos Aires. En la búsqueda de la paz hubo una Convención que fue rechazada por nuestro Congreso, por considerarla lesiva a los intereses y al honor nacional, lo que produjo la caída de Bernardino Rivadavia y con ello el fin del régimen político presidencialista y cambios en el Ejército, pero en la Armada sus comandos, jerarquías y cuadros continuaron intactos, por lo que Rosales continuó en la 9 de Febrero y comandando la División Goletas , hasta que el estado de su buque hizo que debiera entrar en reparaciones en el Arsenal de Barracas, y él pasaba a izar su insignia en la Cañonera N º 7.

Al producirse el ataque brasileño al bergantín corsario Congreso que al mando del capitán Fournier regresaba de un fructífero crucero, Rosales salió de inmediato en su apoyo con cuatro cañoneras , y tras él Brown con las goletas Uruguay, 11 de Junio y Maldonado , produciéndose el 7 de diciembre el combate conocido como de Punta Lara, en el que la Cañonera N º 7 y su comandante se distinguieron, en particular al enfrentar a la fragata brasileña Emperatriz.

Seguiría Rosales en 1828 manteniendo los comandos de la 9 de Febrero y la División Goletas, con las que participó con la Escuadra en la escolta a la Juncal en su zarpada, permitiéndole burlar el bloqueo brasileño, pero al regresar a Los Pozos los cinco buques de la Escuadrilla Republicana fue interceptada por dieciséis buques enemigos, que luego aumentaron a veintiuno, entablándose el combate frente a la Ensenada. Para neutralizar esa desproporción numérica, nuestras unidades se recostaron sobre el Banco de Monte Santiago, sitio al que por su poca agua no podían acceder por su calado las unidades mayores enemigas, con lo que pudieron eludir la caza de la Escuadra brasileña. En esta acción que tuvo lugar el 15 de enero de 1828, se distinguieron con sus goletas tanto Leonardo Rosales como Tomás Espora, acerca de lo que en su parte al Ministro de Guerra y Marina el Almirante Brown diría:

“En esta acción tengo el honor de suplicar a V.E. se digne elevar al conocimiento de S.E. la recomendación que hago de la bravura y comportamiento del 2º jefe, comandantes, oficiales y tripulaciones de estos buques; asegurando a V.S, que pocas acciones han sido mejor sostenidas en esta guerra en el Río de la Plata....

Poco después el ya sargento mayor Rosales integró una Corte Marcial presidida por el teniente coronel Tomás Espora, la que juzgó y condenó a los amotinados que dieron muerte al comandante de la goleta Guanaco. Sentenciado el asesino a la última pena, Brown dispuso que Rosales presidiera la ejecución, lo que éste hizo a bordo del bergantín Balcarce en presencia de comisiones enviadas como testigos por los otros buques de la Escuadra. Fusilado el asesino en el castillo de proa, e izada la bandera roja en su palo mayor informando del cumplimiento de la sentencia, se procedió a dar 200 azotes a cada uno de los cinco complotados e implicados en segundo grado en el crimen que así purgaban. El 20 de mayo de 1828 Rosales informaba de esa desagradable misión diciendo “y al tiempo de la ejecución en todos los buques, las tripulaciones sobre las vergas y jarcias, dieron tres vivas a la Patria , la Justicia y mueras a los tiranos...”.

 
     
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